“No soy de nadie y soy de todos;
antes de entrar, ya has estado aquí;
aquí te quedarás tras la partida”
Palabras talladas en el muro de uno de los castillos de Diderot


No existe monumento ni obra conmemorativa que no obligue al recuerdo y a la reflexión. Una obra abre la capacidad de lectura en la mente del espectador ante la estructura, especialmente si es monumental, ya que llama por un instante al recogimiento para honrar a los que fueron y ya no están entre nosotros, recuerdan la fragilidad efímera del hombre, la notoriedad en el anonimato y la implacable violencia de la naturaleza. Por ejemplo, la muerte de “el soldado desconocido”, situado en el obelisco paceño, es más trascendental que la de Eduardo Abaroa, ya que la noción a la muerte de un ser humano indeterminado, pesa mas hondamente que el de un héroe popular, en especial de uno que ha sido despojado de su propia historia, y lo que nos queda de él es su devolución al sitio original donde estaba planeado sitiarse durante las dictaduras, insertado de manera anecdótica en la historia oficial de la sede de gobierno. Las piedras y rocas en su estado natural nos remiten dependiendo de su grandeza a achachilas, grandes entidades cuyas animas se apoderaron del espacio del chulpaje. Las piedras apiladas de manera natural, guardan silenciosamente la historia de lo que sus ojos invisibles y ciegos son testigos: del pasar del tiempo. La idea de muerte ligada a las piedras, es aún mayor ante su ausencia, como es el caso del monumento a Belzu, vacío, sosteniendo la nada para siempre. Es la construcción de un espacio vacío que figura lo que se ha ido. Un monumento es efectivo por la simplicidad de su intención teatral, dramática, ya que nos pone en el escenario. Para recordar, se debe hacer una representación mental de obras conmemorativas, que sirvan de piedras con un toque del pasado, en sus signos y símbolos. Un monumento, mediante las palabras y la derrota de las palabras, nos ayuda a revivir el pasado, aunque este sea desconocido para nosotros. La obra de arte que permite esclarecimiento, es aquella que nos obliga a comprometernos, a confrontarnos, debe dar pie a una epifanía, crear un espacio para dialogar, ponernos en su espacio escénico.